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RESPETABLE PÚBLICO: SE LE SUPLICA GUARDAR SILENCIO PARA QUE SE OIGAN LOS GOLPES
En las fotos de Lourdes Grobet no queda duda: la lucha libre, con sus cien o ciento diez años en América Latina, no sólo se ha iberoamericanizado a plenitud; también es un género gozosamente arrabalero, donde las fantasías del niño y el adolescente colectivos mantienen su poder encandilador y su ánimo de fiesta. Allí, afantasmados, intervienen los Juegos Olímpicos, los ritos de tránsito, el carnaval, el delirio escénico, las representaciones sacramentales a toda velocidad, el amor a los acontecimientos del cuadrilátero. Y una y otra vez, la elocuencia de la máscara. Los rasgos no quedan abolidos sino eternamente pospuestos; la identidad no se disfraza, se reconvierte; el rostro inolvidable no se ausenta, adquiere otra contextura. Gracias a la máscara, la lucha libre nos recuerda lo obvio: los dones fisonómicos también son sujetos de concentración y, por lo mismo, las apariciones no sólo engañan, también dicen su verdad por otros medios.
Y Lourdes Grobet toma las fotos del eterno retorno de las patadas voladoras, mientras sus personajes se inmovilizan en el aire del apretujamiento alrededor del ring.
Carlos Monsiváis
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