"La filosofía de la abstracción" exposición temporal del acervo de Museo Fernando García Ponce

El Museo Fernando García Ponce presenta al público la exposición "La filosofía de la abstracción", conformada por obras pertenecientes a su acervo museográfico. La muestra es integrada por pinturas, fotografías y esculturas de: Salvador Corratgé, Eduardo Ortegón, Jordi Boldó, Jane Gates, Phil Kelly, Renato González, José Ignacio Cervantes Omaña, Alejandro Mondria, Juan Cano, Phillip Bragar, Francisco Barajas, Miguel A. Alamilla, Manuel González, Julio Amador, Manuel Pujol, Palle Seiersen, Aide de León, Ricardo Pinto, Lizardo Chijona, Pia Seiersen, Alejandro Avakian, Silvia Madrid, Dylan Von Gunten, Celina Fernández, Roger Von Gunten, Omar Rayo, Manuel Felguérez, Fitzia Mendialdua y Beatriz Zamora, permanecerá abierta al público hasta el mes de diciembre.

A continuación Alejandro Jurado Prieto nos presenta el texto que acompaña la exhibición:

El concepto de abstracción surge desde la lógica y fue popularizado por la psicología: abstraer consiste en “reducir un concepto a uno sólo de sus referentes”, lo cual podría suceder a partir de la síntesis, la deconstrucción, el reagrupamiento o la deformación, por citar algunas opciones. Por ello es que, por ejemplo, el psicoanálisis trabaja a partir de abstracciones, lo mismo que la semiótica.

En el caso del arte, no se debe confundir la abstracción con el conjunto de movimientos artísticos del siglo XX cobijados bajo la denominación genérica de arte abstracto; la primera es un proceso mental, mientras los segundos son una serie de propuestas artísticas que desafiaron el sistema europeo de valores de principios del siglo XX, que había caído dentro de una zona de confort y no estaba preparado para una ruptura tan radical como abandonar completamente el uso de formas dentro de una composición. El arte abstracto no sólo era un reto a los valores, era una postura política, pues los grandes imperios que luchaban inútilmente por perpetuarse, así como las primeras dictaduras militares, censuraban cualquier forma de subversión como, por ejemplo, las que ocurrían a través del arte.

Hoy sería ocioso acercarse a la abstracción de la misma manera como lo hicieron Kandinsky, Mondrian o Pollock; el interés por lo abstracto ya es puramente formal, según la manera como cada artista desarrolle su discurso visual. La geometría, el color o el movimiento son referentes neutros que no significan gran cosa por sí mismos pero que, cuando el artista se apropia de ellos, pueden adquirir uno u otro significado. Además, al margen de que el arte abstracto se volviera un ícono del siglo XX, en realidad es el que más nos acerca a nuestros orígenes primitivos, cuando éramos seres vulnerables pero pensantes, que no encontrábamos forma de explicar aquello que no tenía una apariencia material concreta. Así, desde el Mesolítico, se observan pinturas rupestres de líneas, espirales y puntos, que evidenciaban la evolución humana y dejaban testimonio de su capacidad de pensar “en lo que no existe”. Muchos miles de años después, es posible encontrar ejemplos de abstracciones en los mandalas hindús, la lacería árabe y el hitsuzendo japonés pero, como puede apreciarse, todos son ejemplos orientales, que a los ojos europeos eran primitivos y más tarde idealizados pero nunca vistos con objetividad.

Lo más importante, al enfrentarnos a una obra abstracta, no es preguntarnos qué nos quiso decir el artista, porque lamentablemente, salvo que la obra tenga dedicatoria, no quiere decir nada; pero sí ofrece elementos para hacer pensar y establecer relaciones según los criterios de cada quien; así que no debe preguntarse qué quiere decir el artista sino qué puede interpretarse con lo que se tiene enfrente.

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